Entre los argentinos existe una excesiva "comprensión" acerca de la necesidad de que las dirigencias locales apoyen por conveniencia al poder de turno. Esa comprensión está basada en el supuesto de que no se puede gobernar si uno abiertamente expresa su desacuerdo con el nivel del Poder Ejecutivo inmediatamente superior (provincial o nacional). Ese supuesto se apoya en las deficiencias de nuestro sistema federal que otorga autonomía formal a provincias y municipios (estos últimos en distinto grado, según la provincia de que se trate) pero que en la realidad está condicionado por el manejo discrecional de los fondos públicos que se emplean para premiar a amigos y castigar adversarios; en abierta contradicción con cualquier mínimo principio de ética republicana y/o con la legislación misma. Desde el retorno a la democracia, vivimos hoy el momento de mayor centralización del poder discrecional del Estado Nacional como consecuencia tanto del diseño del sistema de recaudación y coparticipación, como del estilo del gobierno actual. Planteado así el dilema, parece "entendible" que un gobierno local muestre su apoyo a las políticas nacionales y provinciales. Este sistema crea así un círculo vicioso que impide el surgimiento de liderazgos alternativos, limitando además los sanos antídotos que una democracia madura debe tener para impedir que sus gobernantes de turno abusen del poder. Se puede romper este círculo? Claro que sí. Si bien no es un problema menor (el tema del federalismo fiscal es uno de los temas centrales que debemos resolver para dar un salto cualitativo en materia de calidad institucional), siempre existen formas de abordar los problemas, por más complejos que ellos sean. Como en todo ámbito de la vida, la clave pasa por la determinación que tengamos los argentinos para tomar las riendas de nuestro destino. Para justificar nuestra decadencia de larga data no hay que hacer nada, dejando que las cosas sigan su curso. Para cambiar hay que tomar decisiones y "hacer olas". Si pensamos un segundo en el país que podríamos ser si tan sólo dejáramos de justificarnos, para pasar a trabajar por metas ambiciosas (en línea con ejemplos tan cercanos y palpables como muchos de los que tenemos en América Latina) el futuro luce más que optimista. Cómo se rompe el círculo vicioso? En primer término, con un consenso amplio de la dirigencia política y la sociedad civil para promover un efectivo federalismo fiscal. En segundo lugar, con una decisión firme de nuestros líderes, especialmente locales y provinciales, de aferrarse a determinados valores esenciales, siendo políticos para manejar relaciones complejas cuando se piensa distinto, pero siendo líderes cuando tengan que "plantarse" frente a los abusos o a las diferencias en temas fundamentales de la vida de la Nación. En el caso de Campana, por ejemplo, el problema no es este, en la medida que la publicidad del partido oficial y las declaraciones de sus dirigentes hacen pensar que verdaderamente esta gestión cree en el Kirchnerismo como expresión cabal de la vertiente del Peronismo que profesan (a diferencia de otros municipios peronistas como Tigre, por ejemplo, donde evitaron todo lo posible mostrarse "kirchneristas"; aspecto puesto en evidencia ahora a través de las revelaciones de Wikileaks sobre el pensamiento de Sergio Massa). Cualquiera sea el ejemplo, el futuro será optimista en la medida que seamos capaces de crear un sistema que no se preste a la arbitrariedad de los gobernantes, y de generar líderes que (independientemente de su ideología) tengan en claro los valores esenciales del funcionamiento de la República y estén dispuestos a defenderlos cualquiera sea su nivel de actuación. Porque nunca llegaremos al cielo si, en aras de una supuesta racionalidad política, debemos venderle primero el alma al diablo.
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