Como lo había anunciado, la joven escritora está trabajando incansablemente en la escritura de su segundo libro "La tarde de los ángeles", que verá la luz, quizá, para fines de este año.
A diferencia del anterior, este libro se compondrá de una antología de cuentos (Rosas blancas para la Niña, es uno de ellos) que tienen como protagonistas a los mismos personajes. Los cuentos van narrando la vida de los habitantes de la casa de Luís Costa, uno de los fundadores de Campana, y, leídos todos, hacen a la historia completa. También el cuento que, a continuación se expone, se verá inmerso en otro de los géneros literarios, ya que, tendrá su propio espejo (dentro del libro) como obra de teatro. Con un trasfondo histórico local: la época de apogeo de la mansión Costa y sus habitantes (telón de fondo), la escritora se prepara para presentar un libro diferente. A partir de un actual trabajo de cronista y de las distintas entrevistas que está realizando a personalidades de Campana, va reconstruyendo la historia de la familia Costa y la contará mediante la literatura. No sólo como homenaje a los 125º años de Campana, sino para demostrar, una vez más que, a través del arte, se puede contar algo de nuestra reciente y muy rica historia local.
Cabe destacar que no debemos confundir "historia con literatura", ésta última posee un carácter totalmente ficcional, alejado de la historiografía (historia escrita). El filósofo religioso francés, Michel de Certeau, en su tramo denominado "Escrituras e historias", toma como referente a Michelet y el modelo historiográfico que él representa le permite decir que la escritura hace entrar a los muertos en el discurso porque: no pueden dañarnos, son el vacio, lo diferente a lo nuestro, el objeto que se busca, se honra y se entierra.
Pero la literatura (si bien se vale de esos personajes) no es historiografía, "es arte", además de ficción y como tal debe leerse. En otro de sus libros Certeau habla sobre la literatura concebida como: monumento (obra de arte) y por consiguiente, no es un documento válido para la obtención de datos históricos. Román jakobson, lo define como función poética, ya que la atención del emisor recae sobre la forma del mensaje, es decir, existe una voluntad de estilo al producir cuya finalidad certera es provocar el placer de la lectura. Por eso la literatura se define por su LITERATURIDAD, que busca provocar, impactar, impresionar la imaginación, la memoria y los sentidos; y sobre todo: no cerrar absolutamente ninguna puerta, por pequeña que sea.
Los invitamos a leer algunos fragmentos del cuento ganador.
Rosas blancas para la Niña.
Los hechos graves que hacen a esta historia que narraré, están fuera de tiempo, ya sea porque, en ellos el pasado inmediato queda tronchado del porvenir, ya porque no parecen ciertas las partes que la conforman.
La cosmogonía del relato sólo indica que para el amor, no hay más remedio que el amor mismo. Imposible otra cura, inútil y fatal todo lo demás…
(…) Apenas diré que se llamaba Sofía Lina Costa, no la volveré a nombrar, nosotros le decíamos Niña y ella se dejaba llevar por ese sobrenombre de época, jamás dejó de ser para nosotros y, para todo el pueblo: la Niña Costa.
(…) Pero claro que la Niña suspiró al verlo, como para no hacerlo, como para no soñar con ese hombre. Un mancebo amarronado por los soles estivales, tan hermoso como una tormenta de verano. Un dios furioso en la plenitud de su hermosura, con su bravura intacta y unas manos de fuego. Un hombre todo boca y misterio, rompiendo con toda regla humana y traspasando (sutiles miradas) el cuerpo rosado de una mujer que, ya infectada del mal de amor, o del deseo, había pasado a engrosar cada célula de su cuerpo.
Todo comenzó esa mañana, o quizá esa tarde, no lo sé exactamente, pero recuerdo que ella recorría el talar cuando Mario se acercó - ¿Niña necesita alguna cosa? Había estado pensando en acercarse a ella y preguntarle, algún día, de una vez y para siempre, si necesitaba algo, había juntado todo el aire del mundo para formular esa pregunta y no lo soltaba. Había traspasado todo límite al acercarse a ella, había roto todo juramento y verdaderamente, no le importaba.
(…) No me detendré en los detalles que hicieron al romance, ni en contar las muchas sábanas que humedeció la bravura incontrolable de ese amor que sacrificaba y rasgaba en mil partes los gemidos de los amantes, los llantos, los vahos terrenales, carnales. Me niego a un análisis semiológico, dado que camisas y faldas arrojadas ,con prisa, por los suelos del amor, tanto hierven cual brasas en el siglo diecinueve como en el veinte y no son más que eso: circunstancias de cada entrega.
(…) Algún tiempo después, del que no guardo registro preciso (por la vejez o por la pena), el juez Nicola, sabiendo lo que hacía, le regaló unas sillas que habían pertenecido a la casa Costa. El otro intentó, (orientó, una mirada) hacia la voz del juez. -Estás libre muchacho, le dijo y le abrió la puerta, negando con su cabeza y torciendo la boca una vez más… una vez más. Le palmeó la espalda que otrora hubiese sido de roble. Una vieja borrachera más le surcaba la cara de viejo desvalido. De Mario quedaba eso: una pila de huesos resecos por las muchas botellas vacías, una torre de hombre, una fotografía amarilla, un corazón que… latía.
Estaba ciego; -acompañalo Del pino, dijo el juez Nicola y Mario, agradecido pero sin poder decir una sola palabra, se fue llevando las dos sillas en la espalda, y se perdió, llevado del brazo como un fantasma sin sombra, por esas calles de Campana, una bella ciudad que dolía, a la que él había decido echarle una última mirada, allá, lejos. Una mañana empuñada y fallida… por el año 1957.
Nota: las dos sillas de la mansión Costa aún se conservan intactas en la casa de la más hermosa y refinada de las pianistas de Campana, su abuelo las dejó en su casa antes de morir; de ella recogí parte de la crónica que dio lugar a esta historia.
PREMIADOS EN EL CONCURSO DE CBC.



