En principio, debemos preguntarnos ¿qué significa leer? La respuesta puede considerarse desde distintas ópticas. Desde el punto de vista de las ciencias biológicas, distintas investigaciones efectuadas sostienen la existencia de la relación estrecha entre plasticidad neuronal, aprendizaje e influencia del entorno en el cual se inscribe el niño o alumno. Algunos investigadores han reconocido que el aprendizaje puede ser considerado como una modificación en el sistema nervioso que resulta de la experiencia y que ocasiona cambios en forma duradera en la conducta de los organismos. El cerebro del niño recibe una importante cantidad de información sensitiva que proviene de nuestros sentidos.
Entonces, se concibe la lectura como una actividad neuronal no innata (esto significa, que es adquirida) que requiere de un trabajo conjunto de retina y cerebro.
Ahora bien, ¿cómo influye la familia en los procesos de lectura de los chicos? La respuesta es bastante compleja. La configuración familiar de un niño lector competente no depende solamente de las actividades escolares, sino también del espacio que se le otorgue a la lectura dentro del seno familiar. Este espacio de la lectura, debe nacer de la cotidianeidad de los integrantes familiares, incide en el chico -por ejemplo- cuando los mismos padres o tutores tienen el hábito de la lectura. Además, la influencia de la lectura desde el hogar del niño constituye un elemento primordial para poder comprender la realidad social en la cual se inscribe.
En este sentido, debemos tener en cuenta que los núcleos familiares son diversos y que inciden -positiva o negativamente- en sus hijos, no solamente por su nivel social- económico y educativo, sino también por: 1) el espacio físico y temporal que se le otorga a la lectura en el hogar; 2) las características de lo que se lee; 3) las cuestiones ideológicas que cruzan las representaciones familiares sobre lo político- social; 4) las representaciones, opiniones y valoraciones críticas por parte de los integrantes de la familia sobre el acto de la lectura; 5) las competencias de escritura del grupo familiar; 6) las competencias discursivas sobre aspectos históricos y sociales -entre otros-, esto es, cuestiones que podrían motivar la lectura de sus hijos.
Ana Carolina Erregarena
Licenciada en Letras (UBA, 1999)
Profesora de Enseñanza Media y Superior en Letras (UBA, 2002)
Especialización en Linguística
anacarolinaerregarena@yahoo.com



