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» Este artículo corresponde a la Edición del martes, 25/oct/2011 de La Auténtica Defensa.

Aquellos juegos, la otra escuela
Por Juan Carlos Musso




En esos momentos creíamos que sólo se trataba de una diversión, ya que con tan poco recorrido no nos era posible apreciar cómo, guiados por los surcos que nos dejaron, nos movemos luego por un camino más que por otros. Si es cierto que somos, y en cierta medida, el resultado aleatorio de lo que jugamos cuando niños, angustia pensar en los que no pudieron o pueden jugar por tener las necesidades básicas insatisfechas. En aquellos tiempos sin celulares ni computadoras, nuestras madres sabían dosificar el tiempo permitido para los juegos fuera de la casa y el estudio o las tareas de la escuela; sabias, conocían que en esos juegos también se tallaban distintas destrezas y capacidades.

Los juegos que jugamos de niños eran diversos y divertidos, cada uno de ellos tenía variantes, por lo que es posible que la combinación azarosa de sus hábitos y rutinas hayan modelado nuestro desarrollo. Había temporadas para cada juego y todos se jugaban en la vereda del barrio o en la calle, en días de frío o calor, con la tierra sedienta o después de una lluvia. Alguien se podrá preguntar: ¿qué haríamos sin los juegos que jugamos cuando niños? No hay una respuesta, o mejor dicho hay tantas respuestas posibles que es casi lo mismo. Esta es una invitación a recorrer algunos de esos juegos, propios más no exclusivos de los varones, para entender en que colaboraron para moldear la cosecha de habilidades.

Las bolitas más populares eran de vidrio aunque las había de otros materiales y para jugar se requería una superficie de tierra. Una de las variantes consistía en cavar un hoyo pequeño que era el objetivo para ganar, mientras en el camino se podían apartar las bolita de los otros tirando contra ellas. Generalmente se jugaba con una rodilla en el suelo, en contacto con el mundo, siendo variadas las técnicas empleadas para impulsarlas: en algún caso con el movimiento del dedo pulgar, en otros con el dedo índice. Este es un juego que posiblemente nos preparó para la competitividad, la búsqueda de objetivos y para manejar los conflictos.

Los autitos de carrera eran los de plástico, con su interior hueco para poder rellenarlos con chapitas de plomo y masilla a fin de darles más peso. Las ruedas se hacían con tapitas de frascos de penicilina para mayor serenidad al andar. El juego, que consistía en ver que auto llegaba más lejos, se realizaba en las veredas o en pistas construidas en los baldíos. Con este juego, es dable pensar que algo aprendimos en relación a proyectar y tomar riesgos.

No se trata de hacer una comparación entre distintos tiempos o épocas para precisar lo mejor, que siempre es relativo. Más que certezas son conjeturas para establecer nexos entre esos juegos infantiles y formas de aprendizaje, ambiguas guías de conducta, cuadrantes y mojones que van punteando los vínculos afectivos que se construyen, analogías que quedan grabadas para ser usadas, un contrapunto entre lo trivial de los juegos infantiles y lo substancial de las transformaciones que acompañan. Con los juegos se empieza a construir un mundo propio de relaciones, oportunidades y problemas en un ámbito incomparable al del núcleo familiar o de la escuela.

Para el juego de las figuritas era infaltable una pared. En una de las modalidades del juego, cada uno a su turno tiraba su figurita a una distancia de la misma y el que conseguía arrimarla más cerca tenía la ventaja de recogerlas y revolearlas hacia arriba y las que al caer quedaban con la imagen hacia arriba, pasaban a ser de su propiedad y las que quedaban hacia abajo eran recogidas por el siguiente jugador que hacía lo mismo. Pero si alguno de los jugadores hacía un "espejito", es decir, conseguía que la figurita quedara parada sobre la vereda y apoyada contra la pared, tenía la prioridad de revolearlas. Este es un juego que, tal vez, nos entrenó en la motricidad fina y para el pensamiento lateral.

En el yo-yo se podían ver variados modelos, materiales y formatos, desde los tradicionales de plástico hasta otros con luces y sonidos. Los más hábiles lograban hacerlo patinar en el suelo o realizaban pruebas y piruetas según les permitía la imaginación y la práctica. El perrito consistía en lanzar el yo-yo hacia abajo, logrando que el mismo se deslizara sobre la cuerda, se dejaba correr por el piso, procurando luego incorporarlo al ritmo normal del juego. Es un juego al que quizás le debemos en parte el desarrollo del equilibrio, los reflejos y la creatividad.

Sin los juegos que jugábamos de niños, a la hora de la siesta y en hordas bullangueras alarmando a los vecinos, es posible que fueran menores la picardía, la creatividad, la imaginación, el equilibrio, la audacia y la amistad. Tal vez se hubiera necesitado una mayor cantidad de ambulancias para las heridas del crecimiento, más chimeneas para conducir los humos de las fobias y riñas juveniles, otros bálsamos de contrapeso al crecimiento, tribunales de juicio a los inocentes. Los juegos nos conectaban con el cuerpo en tiempos donde el desarrollo físico e intelectual se daba en ondas y los balanceaba.

El esqueleto de un barrilete se elaboraba con seis u ocho cañas partidas al medio y convenientemente raspadas que se cruzaban, se ataban allí tiros de hilo, se le ponía papel de diarios o papeles especiales con engrudo y se le colocaba una cola que servía de contrapeso y que, muchas veces, había que agrandar o disminuir para que remonte vuelo. Estos barriletes iniciaban su ascenso cuando, con viento o ayudados por una corrida, subían y se le iba largando hilo. Su juego seguramente nos permitió mejorar un poco el cálculo de probabilidades y la imaginación.

Todos los juegos que jugamos cuando niños colaboraron en algo para esculpir lo que somos, entre la emulsión de circunstancias, fueran compartir o competir, el tesón o la tensión y el designio lúdico de unos titiriteros de ocasión: el entorno, los otros, las otras escuelas. Nos queda para el final el juego del balero pero, en virtud del horario de protección al menor, dejamos para mejor oportunidad resaltar las enseñanzas que nos dejó este maravilloso juego.

El autor, escritor y periodista es miembro directivo del Taller Escuela Mariano Moreno (TEMM), de Periodismo y Comunicación. www.tallerdeperiodismo.com.ar


 
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