Buenos Aires, (Especial de NA por Martín Hermida) -- Además de esforzarse para hacerle frente a los conflictos que aparecen fronteras adentro, el Gobierno comenzó a prepararse para una parada difícil: el inicio de la fase definitoria de las negociaciones por el Area de Libre Comercio de las Américas, el ALCA, un acuerdo que marcará, seguramente, buena parte del pulso de las relaciones internacionales dentro del continente durante los próximos años.
Y en ese marco, tanto en las declaraciones públicas como en los hechos que se vienen dando hasta el momento, la administración de Néstor Kirchner ratificó su intención de sentarse a la mesa de discusiones junto con Brasil, su principal socio dentro del Mercosur, aunque esa determinación pueda implicar, en algunos aspectos, roces con el Gobierno de Estados Unidos, principal impulsor del área de libre comercio continental.
De hecho, esas diferencias -minimizadas desde el Gobierno argentino- se han visto ampliadas en las últimas semanas a otras cuestiones relacionadas con la política exterior, al punto de merecer críticas de funcionarios de la administración norteamericana: entre otros episodios, se cuentan la cancelación del ejercicio militar conjunto Aguila III, que iba a hacerse en
Mendoza con la participación de efectivos estadounidenses y de otros seis países, y la visita que hizo el canciller argentino, Rafael Bielsa, a Cuba, donde no recibió a dirigentes anticastristas.
A pesar de esos episodios, el propio Bielsa salió esta semana a ponerle paños fríos a los cuestionamientos provenientes de los
Estados Unidos -una de las voces que se había alzado fue la del secretario adjunto del Departamento de Estado para el Hemisferio Occidental, Roger Noriega- y afirmó: "No tenemos ninguna señal de que las relaciones con Estados Unidos hayan dejado de ser óptimas".
Es cierto que Noriega es un duro dentro de la administración de George W. Bush y que es particularmente sensible ante la cuestión cubana, pero en los gobiernos de los dos países confían en que la sangre está muy lejos de llegar al río: más allá de las críticas, a la administración norteamericana no le conviene generar un nuevo foco de conflicto en la tan sacudida América latina.
¿El escenario de las negociaciones por el ALCA de aquí al primero de enero de 2005 -la fecha en que teóricamente debe estar cerrado el acuerdo- será un ámbito de pelea entre Argentina y Estados Unidos?. En el Gobierno se esfuerzan por señalar que pretenden llegar a esa fecha con un acuerdo "equilibrado" que tenga en cuenta "los intereses de todos los países participantes de la negociación". La pregunta, entonces, parece tener una respuesta afirmativa.
En diversas oportunidades, como lo hizo esta semana ante corresponsales extranjeros, Bielsa definió la posición argentina frente al ALCA: se va a negociar "junto con Brasil, codo a codo, los procesos de integración", y aunque el periplo sea lento, es preferible "llegar tarde y bien, que a tiempo pero mal".
Entre funcionarios del Ejecutivo, legisladores y economistas dedicados a estudiar este proceso de integración hay una coincidencia casi unánime: el ALCA es inevitable; la clave está en ver qué tipos de acuerdos se alcanzan y en qué situación quedarán parados la Argentina y sus socios más cercanos frente a una superpotencia como Estados Unidos.
En los hechos, esta semana Argentina y Brasil presentaron juntos su oferta de apertura en materia de servicios para el ALCA y tienen previsto hacer lo mismo con las referidas a inversiones, ratificando su intención de que se hagan reuniones bajo el formato 4 más 1, es decir los cuatro socios del Mercosur más los Estados Unidos. Esa es una propuesta que no seduce para nada a los funcionarios norteamericanos.
También esta semana pasó por Brasil y la Argentina Peter Allgeier, adjunto del Representante Comercial de los Estados Unidos: en la primera de sus escalas, sembró vientos y cosechó tempestades, ya que ante un discurso enfático del presidente Luiz
Inacio Lula Da Silva en el que dijo que negociará el ALCA "con la cabeza erguida", el funcionario norteamericano respondió que "será mejor para todos que en enero de 2005 firmen el acuerdo los 34 países, y si alguien quiere quedar afuera, es un derecho que le corresponde".
Tanto Brasil como la Argentina sostienen que no pueden discutirse ciertos puntos si no se abordan, por ejemplo, cuestiones como los millonarios subsidios agrícolas que otorgan los Estados Unidos. Y el propio canciller brasileño, Celso Amorim, dijo hace varias semanas: "Por lo demostrado hasta hoy, no parece que nuestros socios ricos -en obvia alusión al gobierno de Bush- tengan la intención de eliminar sus barreras y prácticas de distorsión. De la eliminación de aranceles no se habla, como no se habla de la reducción o eliminación de los subsidios".
En estos días, otro pico de tensión estuvo dado por la cancelación del viaje que tenía previsto hacer el presidente Kirchner a Miami, para participar de una conferencia de líderes latinoamericanos organizada por el diario Miami Herald, en la cual iban a estar presentes dirigentes anticastristas.
La semana próxima, mientras tanto, dos ministros del Ejecutivo, Bielsa y su par de Defensa, José Pampuro, tendrán la posibilidad de auscultar el ánimo de los funcionarios norteamericanos cuando participen, desde el lunes y hasta el martes, en México, de una Conferencia Especial sobre Seguridad Hemisférica, en la que es seguro que volverá a estar presente el recurrente reclamo de los Estados Unidos para que tropas de distintos países -entre ellos Argentina- acudan a Irak para colaborar en la "reconstrucción".
Sin dudas, las negociaciones por el ALCA implicarán choques de intereses y roces aún mayores entre los distintos protagonistas de esta historia. Y cuando esté por llegar el final de la película, podrá intuirse si hubo ganadores y perdedores.



