Muchas veces perdemos nuestra paz y nuestra tranquilidad simplemente a causa de otras personas. Nos enfadamos, estamos enbravecidos, angustiados, desesperados y, en la mayor parte de las veces, sin ninguna necesidad.
¿No sería mejor ignorar a los qué nos quieren mal?... Si no conseguimos transformarlos en amigos, por lo menos no perderemos la estabilidad emocional y no perderemos el goce de vivir bien, llenos de regocijo y alegría.
Cuando estamos alegres, nuestros días son floridos y perfumados. Cuando estamos tristes, no conseguimos siquiera ver el brillo de las estrellas.
Cuando estamos alegres, las gotas de la lluvia parecen entonar canciones maravillosas. Cuando estamos tristes, hasta los rayos de sol se muestrandeslúcidos y ennegrecidos.
El odio y el enconamiento tornan nuestros días siempre tristes y nuestros huesos se empiezan a secar por la falta del elixir de la alegría llamado "amor".
En lo que a mí respecta, no quiero que mi huesos se sequen. No quiero tener el alma conturbada y afligida. No quiero que otras personas controlen mi corazón y mi dicha. Yo quiero perdonar, quiero olvidar, quiero vivir en paz con todos. Quiero vivir días de puro placer y alegría... ¡Yo quiero ser completamente feliz!
Cuando odiamos a nuestros enemigos, le damos a ellos el poder sobre nuestras vidas. Damos poder sobre nuestro sueño, sobre nuestro apetito, sobre nuestra dicha. Bailan de alegría cuando saben que nos aburren. Nuestro odio no perjudica a ellos pero sí a nosotros mismos, haciendo de Nuestros días y nuestras noches un gran infierno." (Dale Carnegie)



