La comunicación es un proceso que, como todo proceso de construcción de sentidos, configura un campo de luchas, en el que los paradigmas y modelos impactan en las identidades grupales e individuales, produciendo subjetividades a las cuales se asignan recursos, valores y poderes.
Desde la estructura institucional se ha naturalizado la jerarquización de las relaciones sociales, desiguales y polarizadas, donde el polo positivo se vincula a lo masculino y el negativo a lo femenino. De esta manera pueden pensarse las relaciones sociales como relaciones de poder, en donde los que detentan los valores considerados positivos imponen su voluntad, por medio de ciertas prácticas o formas de dominación. Una de estas formas de dominación es la violencia, la cual puede presentarse en diferentes formas y grados.
Existen, y es necesario tenerlos en cuenta, una diversidad de espacios de poder y de relaciones de dominación existentes entre varones y mujeres. La violencia de esta manera es modelada y, en ciertos ámbitos, adquiere aceptación y convalidación. Podría afirmarse que el paradigma patriarcal determina reglas relativas a las formas de violencia permitidas y legitimadas; de la misma manera, diversas normas jurídicas, discursos educativos, el marco institucional y otros aspectos de la comunicación y la cultura fundamentan y promueven el paradigma patriarcal, colaborando a seguir construyendo un sistema sexista, que naturaliza y legitima los malos tratos hacia las mujeres y otras situaciones que ocasionan daños en el desarrollo pleno de su vida y subjetividad.
La violencia contra las mujeres involucra la totalidad de prácticas y relaciones sociales en las que están inmersos hombres y mujeres, en la esfera privada y/o en la pública, que, tanto de manera material como simbólica, restringe el desarrollo pleno, la igualdad y la autonomía de las personas.
En este contexto, la violencia de género dirigida contra la mujer por el hecho de ser mujer es uno de los factores que afecta negativamente su desarrollo, además de vulnerar sus derechos humanos, dificultando su participación social y su contribución en todas las esferas de los procesos democráticos.
En América Latina y el Caribe se han adoptado compromisos internacionales y regionales que comprometen a los Estados a incorporar, en su legislación y en el diseño e implementación de sus políticas públicas, acciones y estrategias que contribuyan a erradicar todas las formas de violencia contra las mujeres, procurando mejorar la condición social de las mismas.
La visibilización de la violencia contra las mujeres ha recorrido un largo camino contra la hegemonía del patriarcado, y es producto de prácticamente un siglo de historia de lucha de los movimientos de mujeres y de los movimientos feministas. Estos movimientos en todo el mundo permitieron visibilizar la extensión, gravedad y consecuencias de la violencia contra las mujeres.
El hecho de considerar esta violencia como una violación de los derechos humanos demandó una ruptura paradigmática, dado que, históricamente, la noción de violencia llamada "doméstica" era confinada al ámbito de lo "privado", espacio en el cual el concepto de derechos humanos no tenía intervención. Según esta concepción, los derechos humanos solamente se podían vulnerar en el ámbito de lo público.
Considerar la violencia contra las mujeres como una vulneración de los derechos humanos, es un punto de partida desde el cual se puede abordar la complejidad de los caracteres distintivos de las distintas formas que adquiere dicha violencia, estableciendo que las mismas violan su derecho a la integridad, a la autonomía y libertad personal, a la salud y menoscaba también el pleno goce de sus derechos civiles, económicos, sociales y culturales.
En este contexto, se considera que en ocasiones los medios de comunicación gráficos y audiovisuales son elementos que inciden en la generación, invisibilización y legitimación de la violencia simbólica contra las mujeres.
La violencia simbólica está definida en el artículo 5º de la Ley 26485 de Protección integral para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra las mujeres, de la siguiente manera:
"La que a través de patrones estereotipados, mensajes, valores, íconos o signos transmita y reproduzca dominación, desigualdad y discriminación en las relaciones sociales, naturalizando la subordinación de la mujer en la sociedad."
La misma ley define en su artículo 6º la violencia mediática como "… aquella publicación o difusión de mensajes e imágenes estereotipados a través de cualquier medio masivo de comunicación que de manera directa o indirecta promueva la explotación de mujeres o sus imágenes, injurie, difame, discrimine, deshonre, humille o atente contra la dignidad de las mujeres, como así también la utilización de mujeres, adolescentes y niñas en mensajes e imágenes pornográficas, legitimando la desigualdad de trato o construya patrones socioculturales reproductores de la desigualdad o generadores de violencia contra las mujeres."
Realizando un análisis exhaustivo de las imágenes, mensajes, reproducción de estereotipos, transmisión de valores, etc., que ofrecen los medios de comunicación audiovisuales y gráficos, podría concluirse que los mismos constituyen un problema social sobre el cual necesitamos informarnos, capacitarnos, y también generar propuestas para identificar posibles modificaciones, dentro del paradigma de una sociedad de derechos humanos para las mujeres y los hombres.
Mireya Ribas Medal
Periodista y Téc. Univ. en Minoridad y Familia (Mat. 12538)
Integrante de Desenredando Equipo Interdisciplinario (desenredandoei@gmail.com)



