"Los vanidosos no oyen sino las alabanzas."
Antoine de Saint-Exupéry
Cuando la maestra nos hablaba de África, me ponía a pensar en tantos buenos deportistas de raza negra o en las pirámides, esos maravillosos monumentos construidos entre 2600 y 1800 a.C. que servían como sepultura a los soberanos. Un escolar de hoy tal vez piense en Drogba, el futbolista nacido en Costa de Marfil y campeón reciente con su club de la liga de campeones europeos o en Angola, ex colonia portuguesa, país cuyo nombre se repitió insistentemente por los medios y las redes en las últimas semanas.
Con 1.000 millones de habitantes y una superficie que es la tercera entre los continentes, se cree que África es la cuna de la humanidad. Como muchos de sus tesoros el origen de su nombre es incierto, con dos vertientes posibles en el latín o el griego. Presenta diferentes estratos climáticos: desierto, subtropical e intertropical lluvioso. Cuna del primer imperio en el valle del Nilo -el egipcio en la Edad Antigua- caracterizado por la dinastía de los faraones, el continente africano que fuera exportador de esclavos está lleno de riquezas y miserias, tiene reservas de minerales estratégicos, también de oro y diamantes, dos reservas de agua dulce de las más grandes del planeta e importantes existencias de petróleo.
En el siglo VI a.C. Egipto sufre la invasión del Imperio Persa que se prolonga hasta que Alejandro Magno, en el siglo IV a.C., entró como un liberador. Posteriormente en el siglo I a.C. fue conquistada por el Imperio Romano y ya en el siglo VII en plena expansión del Islam los árabes conquistan Egipto y otras regiones del norte. En el siglo XVII se inicia la desordenada exploración y explotación europea. Los avances tecnológicos de la era industrial y de la medicina para el control de ciertas enfermedades les permitieron, a los europeos, ampliar el área geográfica de sus conquistas iniciales. Durante el siglo XVIII y la primera parte del XIX Estados Unidos y las potencias europeas se dividen pero a su vez compiten por la explotación de las riquezas y el potencial geopolítico de sus posesiones sin excluir el exterminio de algunas poblaciones. Si bien Liberia en el siglo XIX fue el primer país en independizarse, el siglo XX es donde los países consiguen la independencia. En el siglo pasado se dieron también una serie de genocidios o conflictos propios de la convivencia de las distintas etnias, acicateados por turbios intereses externos. Algunos de esos terribles ejemplos fueron: Ruanda, Camboya y Uganda.
Una característica común de los imperios o países que han conquistado otras regiones en la historia es el dominio de la técnica o tecnología aplicada detrás de sus ambiciones, intereses o necesidades: ejércitos, armas, medios de transporte. Sin embargo la modernidad incorporó otra herramienta, que se podría llamar blanda, la cultura.
Un continente que soportó numerosas invasiones y sus consecuencias (hambrunas, masacres o enfermedades importadas) no vería mal ser "invadido" en el siglo XXI por un país normal, justo, adelantado en el respeto de los derechos, abanderado en el arte de minimizar las tensiones entre hermanos con intereses divergentes. Es un hecho (y si no lo es debería serlo) que los pergaminos que tenemos para la conquista los nativos de las pampas, son estudiados en los principales centros intelectuales del orbe. No serían los yuyos del campo ni los productos de la kermés de la feria del domingo. Los estudiosos estarían por concluir que nuestra mayor potencia es que somos un país con buena gente.
África fue el continente donde bajó El Principito buscando su flor en la Tierra. Proyecta una imagen que se visualiza parcialmente en el desierto, sinónimo de soledad. Si están solos, podemos ir por Angola en camuflada misión comercial y, en extensión, por África, donde hay hombres y mujeres frágiles, desamparados; tal vez como aquí. El hambre, la violencia o las carencias en un amplio sentido empequeñecen al ser humano. Debajo de la arena del desierto puede que se encuentre un oasis para nutrir la humildad, la esperanza, la responsabilidad y la alegría, para la cartera de la dama y el bolsillo del caballero.
El autor es profesor de Periodismo y miembro directivo del Taller Escuela Mariano Moreno (TEMM) de Periodismo y Comunicación.



