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» Este artículo corresponde a la Edición del viernes, 06/jul/2012 de La Auténtica Defensa.

A un siglo del grito
Por Juan Carlos Musso






El autor es escritor y periodista y profesor en el Taller Escuela Mariano Moreno, de Periodismo y Comunicación.


Imagen de parte del dibujo de Miguel Rep para la ocasión.

Alcorta, para qué ocultarlo, es importante en mi vida. Esta localidad ubicada en el sur de la Provincia de Santa Fe y de cuyos recuerdos está macerada mi historia infantil, también lo es con seguridad para otros: por ejemplo para Mariano, Marta y Horacio. Allí el fin de semana pasado se recordó el 25 de junio de 1912, hace un siglo, cuando en una asamblea realizada en la Sociedad Italiana los chacareros decidieron torcer su destino. Mi abuelo Francisco, con 15 años, recién había llegado desde España con sus padres (su madre embarazada) viajando en la bodega de un barco; imagino que vería pasar a los paisanos sin entender lo que pasaba. Muchos también estarían sorprendidos por no entender de qué se trataba tanto alboroto. Lo cierto es que las condiciones de vida de aquellos ciudadanos de una parte de la llanura pampeana dedicados a la actividad agropecuaria, fueron la mecha que encendió el fuego. Una historia nos cuenta la gesta valiente, pero otra historia nos habla de mujeres, hombres y niños que lloraron, sufrieron, fueron delatados, murieron, amaron y triunfaron por un ideal: vivir dignamente de su trabajo.

Mariano Vucetich es un colono de setenta y pico de años, humilde y sencillo como los hombres de campo de manos curtidas, que con tesón pudo forjarse un futuro en complicidad con la tierra. El azar quiso que lo cruzara en la sala de la Sociedad Española entre fotos que recordaban la época. Un saludo de urbanidad y ya estaba contándome cómo se trabajaba, con elementos que hoy parecen tan rudimentarios, en la cosecha de maíz. Su papá, primo de Juan del mismo apellido y famoso por desarrollar el sistema de identificación de huellas dactilares, fue un inmigrante como muchos otros que eligieron esta zona para "hacer la América". En los pocos minutos compartidos y en medio del gentío, me contó sin filtros y con la espontaneidad de su clase, desde los secretos del grano de maíz, el poder calorífico del marlo, de su esfuerzo ante la enfermedad de su padre que hoy lo ve como una estafa, sobre la salud de su esposa viva y de su hermano muerto, del desgranado del choclo, la siembra y la cosecha en surcos, del presente de los campos y de su trabajo de todos los días.

¿Qué había pasado en aquel tiempo? Mujeres, hombres y niños viajaron desde Europa con sus realidades pobres y sueños ricos a trabajar para poder hacerse un futuro. Pero entre el desorden o el desdén de un estado en formación que nos los protegía y la avaricia de los dueños de la tierra, vieron que ese futuro quedaba tan lejos como la distancia de su desarraigo. Lo único que tenían era la unión y la lucha. Se unieron, lucharon y declararon la huelga por condiciones mas justas en el arrendamiento de los campos que trabajaban. Lo que se conoce como el GRITO DE ALCORTA, con dirigentes sin sellos ni escritorios o secretarias ni choferes, que pagaron con sus vidas o sus bienes la ofensa por desafiar a los dioses de las tierras, se fue expandiendo a otros pueblos y a otras provincias.

Tía Marta nació y sigue viviendo en el pueblo; fue la que nos convocó a compartir los festejos. Por eso hermanas y sobrinos nos amuchamos en su casa, siguiendo la tradición que se cumplía como una dichosa obligación en la casa de los abuelos Méndez. Es la que organizó las recorridas: fuimos al Tiro Federal Argentino a ver destrezas gauchas y un entrevero de tropillas, a visitar una chacra -como la de aquellos años- realizada por alumnos del pueblo, al espectáculo folklórico del domingo, a las muestras fotográficas, a ver al dibujante Miguel Rep en plena tarea, a los fogones en la fría noche previa al centenario, al acto de cierre y en medio de todo lo señalado a una casa abandonada; todo un lujo para aquella época, donde "las Méndez" visitaban a sus amiguitas y fuimos recibidos por una patota de cerdos poco amigables que con sus chillidos me hicieron recordar a los de aquellos semejantes que eran sacrificados para la fiestas familiares de Navidad en casa de los abuelos. Tiempos en que Alcorta era, para nosotros los más chicos, el lugar de encuentro, risas y peleas sin comprender que era cuna de rotas cadenas.

Volví a ver jugar a los chicos en los silos horizontales donde jugábamos con mis primos, al costado de la estación del ferrocarril que divide el pueblo en dos realidades: el centro y las zonas urbanizadas más recientes y más cercanas a la ruta. Un ferrocarril que a fines del siglo XIX posibilitó la fundación del pueblo veinte años antes del inicio de aquella lucha. Lucha inicial que, al igual que una locomotora, fue arrastrando otras luchas. Locomotora que con el fuego de su combustible iniciaba el movimiento. El fuego siempre presente. El de los fogones para calentar el aire que se respiraba afuera de las carpas de los trabajadores que esperan la fiesta. El de los corazones de un pueblo recordando lo que varias generaciones antes habían protagonizado. Los fuegos artificiales del final de la jornada iluminando la noche con danzantes estrellas fugaces sobre el fondo azul que nos anunciaban que llegaba la hora de las despedidas.

Horacio, un primo segundo que no veíamos desde hacía más de treinta años, viajó en colectivo desde Catamarca. Sin confesarlo (no hubiera sido necesario) percibíamos que estaba allí para rearmar sus recuerdos borrosos, escuchar historias de sus padres y de la familia contadas por mamá y las tías. Anhelaba desempolvar el borroso escenario de su obra más importante. Los festejos del GRITO DE ALCORTA nos permitieron recordar un hito entre las luchas sociales de principios del siglo XX. Recordar, como a Horacio, nos ayuda a consolidar las bases de ese mirador imaginario desde el cual construiremos lo que viene. La brevísima pero intensa estadía en Alcorta me lo confirmó: no es bueno construir desde la falsedad o vivir solamente del recuerdo. Cuando se va desgranando la historia aparecen otras más pequeñas con sus personajes, chicos o grandes. Las historias de Mariano, Marta y Horacio son las de tres granos en la gran densidad de una cosecha. Nada bueno se puede edificar si no nos esforzamos por encontrar la veracidad, ni se puede vivir del pasado que está fluidamente detenido, porque la vida es movimiento genuino.


 
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