En esta hora, cíclica en nuestras vidas, donde nos enfrentamos con la realidad de otro final de fiesta, es importante el ejercicio que nos permita hacer un balance adecuado de los objetivos que perseguimos como pueblo.
No se trata de enfocarnos siquiera en una persona o grupos de personas con nombre y apellido. La realidad nos muestra nuevamente que han cambiado las personas, pero nuestro pueblo sigue caminando en círculos.
La discusión, sin duda, es amplia. Desde aquí sólo queremos apuntar a algunos de esos objetivos. Esperamos que se sumen otros y que al final del día, luego del intercambio, podamos llegar a una lista común de puntos fundamentales. No se trata necesariamente de acuerdos de partidos políticos. Ni siquiera de acuerdos en corporaciones. Se trata simplemente de instalar desde la sociedad la agenda estratégica de los próximos años. Se trata de aprender de nuestros errores como argentinos. Porque no son los políticos que han gobernado este país los responsables absolutos de nuestros desvelos: no hay duda de que han sido democráticamente elegidos. Sin embargo, en la causa está el remedio: tenemos que generar los objetivos estratégicos y después elegir a los políticos o partidos que estén mejor preparados para llevar esos objetivos a la práctica.
Para este ejercicio es fundamental separar el discurso de la realidad. La apelación discursiva a los aspectos emocionales de quiénes se sienten identificados con una ideología ha llevado a estos últimos a terminar defendiendo las ideas opuestas a su pensamiento. El populismo maneja bien ese recurso de manipulación, y lo hemos comprado sin importar nuestro nivel de escolaridad. Cómo puede, por ejemplo, alguien que se denomina "progresista" defender el vaciamiento del INDEC? Peor aún, como puede alguien en este país aceptar que la inflación es la que marca el otrora instituto de estadísticas modelo de América Latina? O irreverentemente peor todavía, cómo podemos aceptar que se nos mienta tan alevosamente?
Hay que aceptarlo. En la Historia grande los ejemplos van más allá de la historia reciente. Por eso los gobernantes actuales son anecdóticos. Hemos sido definitivamente tolerantes cuando las cosas iban bien, aunque el camino nos llevaba a un nuevo precipicio. Esto es parte de lo que tenemos que cambiar. No debe haber bienestar temporal a costa del caos futuro, porque los costos se pagan tarde o temprano. Pero no hay duda de que quiénes más soportaran la carga de nuestras decisiones, omisiones y tolerancia presente son nuestros descendientes.
Argentina nació al mundo para ofrecer un mensaje hermoso, un mensaje que contenía una fe inquebrantable en el progreso, basado en el ejercicio de la Libertad, la Igualdad ante la Ley, y en la Educación como factor supremo para igualar las oportunidades desde el inicio. En esta hora de cavilaciones debemos retomar ese camino.
Continuamos en la próxima.
(*) Pro Campana



