Sucedió entonces que la sala se llenó de imágenes, de colores, de aroma a óleo, de cargas y descargas de emociones.
Desde entonces cada uno fue pintor y cada uno fue espectador, ambos necesarios para la expresión de aquel pueblo.
El verbo, puñado de cerdas, pintó en trozos de madera crucificada, cortó pan con las mismas manos que pintaba y convido a sus hermanos la primera de todas las cenas.
Bebió del vino de las bodas, en cada copa dejó un rastro púrpura de mantos sagrados.
No escatimó en pinceladas de fabricas ahumadas, de viejas chusmas, de boliches, lavanderas, cada cual con su madera, cada figura con su montura; y de tanto en tanto deja escapar el alma, que emerge y que cabalga por su pintura.
Charly Schneider



