Hace unos días una amiga me informó que había fallecido Elida Viegas Pancilha. Y no pude evitar recordar viejos tiempos. Hace más de cuarenta años conocí a Elida.
Por ese entonces yo trabajaba en la Municipalidad de Campana y me hice amiga de su esposo Ismael Garzón. Todos los jóvenes que escribíamos o por los menos la gran mayoría, queríamos frecuentarlo y mostrarle nuestros trabajos.
El solía ser muy generoso con su tiempo y nos daba algún consejo.
Fue así que un día recibí la invitación para ir a su casa. Allí conocí a su esposa.
Una mujer hermosa de pelo rojo y piel blanca, y que estaba atenta a lo que su marido decía.
Seguí yendo y me di cuenta que Elida había dejado relegadas sus aficiones para atender a su familia. Fue una gran trabajadora, en la época en que se usaba la música funcional en los locales del Centro, ella misma instalaba los receptores y también se ocupaba de todo lo atinente a la agenda laboral de Garzón.
No pude evitar apenarme cuando consultando el diario no encontré ni una mínima alusión a su partida, ni una nota de despedida de aquellos que la conocieron y que en algún momento seguramente debieron recibir algún tipo de atención de esa mujer que supo amar y cuidar de su esposo hasta el final, sin pedir nada a cambio. Siempre recuerdo el final de "El silencio de los inocentes" cuando Hannibal Lecter llama a la agente Starling y le dice que él no piensa visitarla, porque el mundo es un lugar mejor con ella y que por favor le extienda "la misma cortesía".
De eso se tratan las relaciones humanas de ser capaces de extender a nuestros semejantes las cortesías pertinentes, sobre las cuales deberían asentarse esas relaciones.
No vi ninguna cortesía para con Elida durante su partida. Quiero con esta nota recordarla y recordársela a quienes la conocieron, que sepan que ya no está más con nosotros y que, como dijo San Agustín: "El hombre es peregrino en la tierra." O como dijo el sepulturero en el programa de Roberto Cenderelli: "Mirà cuando te toque a vos."
María Garay
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