La frase nace en la antigua Roma, concretamente a un período muy delicado como fue la formación del primer Triunvirato, que permaneció oculto durante una buena parte de su gobierno. En el 70 a.C. Julio César acababa de presentar una propuesta en el Senado para la Ley Agraria pero la cámara estaba bloqueando el proyecto. Fue entonces cuando Julio César tuvo que recurrir a Pompeyo para solicitar su influencia y poder hacer cambiar de idea a los senadores. Para Pompeyo la ley de César era justa y correcta, pero el segundo cónsul de la república, Marco Licinio Craso, sería más difícil de convencer para la causa. Durante una cena, Pompeyo y César presentaron a Licinio Craso no sólo los beneficios personales que podía obtener de la aprobación de la ley sino la propuesta de un gobierno entre los tres hombres, con Pompeyo y Licinio como cónsules y César actuando en la sombra. Algunas fuentes señalan que al final de la cena un convencido Licinio Craso tomó el último trozo de pollo, lo dividió en muslo, ala y pechuga y dando una parte a cada uno de los comensales exclamó "ubi edunt duo, tres quoque", ("donde hay para dos, para tres también"). Con la llegada del Renacimiento y el redescubrimiento de las fuentes antiguas, la frase comenzó a ser traducida en más de quince lenguas antes del final del siglo XVI. Y si bien tiene un origen político, dadas las circunstancias en que fue dicha, llega a nuestros días como "Dónde comen dos, comen tres" y se transformó en el refrán solidario por antonomasia de la lengua española.



