Hace unos años se ha impuesto en temas de planificación urbana, hablar de ciudades inteligentes, o como se las suele llamar, "Smart cities". Smart es un adjetivo anglosajón, que simplemente significa inteligente, del cual se abusa habitualmente quizás para darle más brillo a la expresión por esta cuestión de que todo lo importado parece tener más relevancia. Al principio se suponía una utopía efímera, pero al día de hoy se ha constituido en un plan de acción para un futuro esperanzador.
Mucho se ha escrito y analizado sobre la evolución de Barcelona, que se ha convertido en un referente para otras ciudades, en su camino para convertirse en una ciudad inteligente. En la misma línea argumental está el proyecto del Sidewalk Toronto, un proyecto único que implica la construcción de una comunidad inteligente visionaria de unas 150 hectáreas en la orilla del lago Ontario. También hay varios proyectos de futuras ciudades inteligentes en México, tal como los esfuerzos que realizan grandes ciudades como El Distrito Federal y Monterrey para mejorar la calidad de vida de los ciudadanos a través de nuevos recursos inteligentes.
Debemos entender que las ciudades, aquellas que podemos considerar verdaderas ciudades inteligentes, no lo son por estar necesariamente dirigidas mediante aplicaciones. Si bien es cierto que la evolución de la inteligencia artificial colabora en esta cuestión. Ciudades como la nuestra, exhiben ya algunos ejemplos de esa tendencia. El caso de la vigilancia urbana a través de centros de monitoreo y los sistemas de alerta comunitaria, constituyen la primera de las acciones emprendidas en el mundo respecto de la evolución de las ciudades hacia modelos de sistematización. Ciudades como Singapur, la ciudad estado al sur de Malasia, tienen ya en funcionamiento, esquemas de control en base a drones en vuelos casi permanentes y vigilancia satelital, donde no solo se monitorea la seguridad urbana sino la evolución de cuestiones que afectan a la naturaleza, particularmente allí donde las exiguas dimensiones físicas de la isla obligan a extremar los recaudos en la preservación y el control ambiental. Paradójicamente, la pandemia global que ha representado un flagelo incontenible también ha empujado hacia adelante la cuestión de las sistematizaciones en las ciudades. Expliqué, al principio de la pandemia como la modelización matemática en base a los criterios de distribución geométrica de Voronoy, habían dado lugar a el seguimiento de la casuística y sus derivaciones en las distintas áreas pobladas en China. Sin embargo, no todo es color de rosa en la cuestión de la sistematización urbana y el tránsito hacia las ciudades más inteligentes. La despersonalización y la mecánica tecnológica, muchas veces se alejan de los objetivos sociales y esta discusión está hoy en el centro de los foros internacionales.
Teniendo en cuenta los aspectos ambientales, económicos y de gobernanza del desarrollo sostenible, la prioridad del aspecto social suele ser menor. Aunque los desarrolladores a veces evalúan el impacto social y en la salud de los planes establecidos, la mayoría de las veces no incorporan factores sociales en la planificación y el diseño. La ciudad es un lugar vibrante. Las áreas públicas, la vivienda y los centros de transporte brindan oportunidades únicas para que los desarrolladores creen posibles impactos positivos y beneficios sociales, incluido el fortalecimiento de las conexiones comunitarias, la creación de oportunidades de empleo y la construcción de calles más seguras para todos.
Las opciones de diseño urbano pueden tener una influencia poderosa en las conductas sociales. Y en este punto se revela la cuestión del diseño inteligente en detalles que muchas veces se consideran menores en el diseño. Puedo clarificarlo con un ejemplo social que tuvo un impacto muy fuerte y fue objeto de debate en los foros urbanísticos. La ciudad de Belfast (Irlanda del Norte), que tiene una historia de división sectaria, y alta conflictividad religiosa, contiene un área que es un territorio emblemático para las comunidades protestante y católica. Incluso los detalles más pequeños, como el lado de la acera, el color de las veredas y la dirección de entrada a un edificio, pueden ser una representación poderosa del territorio y la identidad étnica e incluso un factor de fuerte conflicto, y conjuntamente con esto un causante de la inseguridad. Un desarrollador quería construir un área residencial para inquilinos jóvenes que estaban menos expuestos al sectarismo y contrató a antropólogos y psicólogos sociales para asegurarse de que el proyecto de desarrollo lograra este objetivo. El desarrollador encargó a estos científicos sociales que exploren cómo las características de la calle y las actividades de individuos específicos reflejan su identidad étnica, y como resolver los conflictos de identificación derivados. Los profesionales, en su rol de asesor de los urbanistas recomendaron ubicar los accesos al complejo en áreas neutrales para que los residentes pudieran entrar sin revelar su identidad étnica.
Este ejemplo es una muestra de que la inteligencia aplicada a las ciudades no es solo de carácter tecnológico y que un diseño elaborado socialmente puede resolver cuestiones estructurales de la conducta social.
Arq. Jorge Bader - Matrícula CAPBA 4015



